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Psicosíntesis

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Los cuentos son una magnifica forma de acceder a nuestro inconsciente y a los arquetipos universales que forman parte significativa de nuestra motivación. Además de hacernos soñar y conectar con fuerzas primitivas de nuestra naturaleza nos permiten fantasear y creer en un mundo donde todo es posible. Los cuentos y la escritura poseen también un valor terapéutico ya que nos permiten expresar nuestros sentimientos más profundos de manera creativa y constructiva, ayudándonos a liberar tensiones y a crear mundos alternativos a través de los cuales podemos expresar aquello que deseamos, anhelamos o necesitamos. Desde siempre he amado a los cuentos porque me han permitido conectar con mi esencia y vivir el mundo de la fantasía. El cuento nos convierte en magos, en reyes de la creación, y eso es lo que realmente somos aunque nos cueste creerlo. Por esta razón los niños, que aún no han olvidado quienes son realmente, aman los cuentos y saben que todo lo que allí ocurre es absolutamente cierto. Yo también creo que es así y que somos capaces de crear nuestra realidad de forma consciente usando la magia de nuestra intención y de nuestro deseo profundo y transformador, guiados por nuestra alma. Por esto he decidido compartir con vosotros estos cuentos, espero que os gusten y que os animen a volveros creativos para experimentar quiénes sois realmente.

 

El viento de Urano

Era un día de primavera entrado el mes de marzo. Christian estaba afuera junto a la inmensa acacia que como un faro alumbraba de verde la sequedad del paisaje. La acacia llevaba allí cientos de años. Era un árbol enorme y nadie sabía cómo podía sobrevivir en un lugar tan inhóspito. A  Christian le gustaba mucho la acacia, en verano daba una sombra grande y acogedora y en primavera veía cómo sus largas ramas se llenaban de brotes de vida. Cuando caían las hojas se alfombraba el suelo de colores y en invierno se convertía en un mástil espigado desde el que otear el horizonte.

Cuando el tiempo iba a cambiar Christian escalaba hasta lo alto de la copa y desde allí presentía el susurro del viento, la delicia de la fina lluvia que caía salpicando la Tierra, la contundencia de la tormenta, el frío helador que escarchaba el terreno y blanqueaba el suelo.

La acacia era su única amiga en aquel desierto lugar donde sólo él habitaba como un extraño huésped abandonado a su destino.

Por la mañana trepó hasta la rama más alta pues presentía que llegaría el abuelo viento y que vendría con mucha fuerza ya que la delgada camisa aleteaba en su cuerpo. Subió y subió y e abrazó a las ramas que estaban cuajadas de hojitas verdes pues hacía poco que la acacia se había despertado del frío invierno.

El viento empezó a soplar, a empujar con gran decisión, peinaba todas las ramas del árbol y éste se doblaba y elásticamente volvía a su postura erguida, dispuesto a resistir el siguiente embate. Christian se sentía totalmente feliz, gritaba y reía agarrándose de las ramas y sintiendo el cuerpo vibrar con fuerza como si todo él le hiciera cosquillas.
Pero el viento no cedía, cada vez era más fuerte y parecía que dijera algo al oído del niño: Vuela, vuela –le decía. Pero seguramente no era más que el roce del viento en las ramas.

Cada vez le costaba más a Christian mantenerse derecho, confiaba en que las ramas le pararían si caía y apretaba fuertemente su cuerpo contra los troncos gruesos. El viento seguía soplando con fuerza, sin descanso y la acacia dejó de resistirse, cedió, se volvió flexible como un junco y casi rozó el suelo, las raíces empezaron a salir de la tierra hasta que quedaron al descubierto. Fue entonces cuando Christian escuchó un tremendo ruído: ¡crack!, y luego todo pasó muy rápido.

La acacia salió volando como si fuera una pluma llevada por el viento y Christian estaba allí, en lo alto, subido en su improvisado globo, maravillado ante la sorpresa de volar subido en su árbol. Se dejaron llevar y desde allí contemplaron las colinas y las montañas, los valles y los ríos y descubrieron que había otra tierra, otros paisajes más acogedores y bellos.

Poco a poco el viento fue cediendo suavemente y los depositó en una inmensa pradera verde, junto a un río fresco. Y allí se quedaron Christian y la acacia, quien rápidamente penetró la tierra con sus raíces y tomó asiento. Aquella tierra les pareció más hermosa que su desangelado secarral y juntos crecieron en aquel lugar y emprendieron una vida nueva.

 

La tejedora de sueños

En el silencio de la noche la tejedora de sueños teje su visión.
Cada hebra recoge el amor del cielo y de la tierra y ella lo inserta en la gran manta de la vida donde todo está reflejado, desde el pasado más lejano hasta el futuro que nadie alcanza a imaginar.

Con hilos de colores teje la canción de la vida y de la muerte. Vida tras vida ella sigue el fino hilo de plata que las une, aquí anuda, aquí suelta, aquí corta. Cuando la manta de la vida se ha terminado hace un grueso nudo, un final, y corta el hilo, pero queda un hilo invisible a los ojos de los hombres con el que seguir tejiendo. Sólo ella puede ver ese hilo y así sabe que hay principio ni fin.

La anciana tejedora teje la canción del alma, teje la canción del corazón. ¿Quieres tú tejer con ella, mujer de la mirada profunda?

Si, si quiero. Tejeré sueños maravillosos, imágenes tan sorprendentes que todos querrán aprender a crearlas y así podré enseñarles la sabiduría del sueño, de aquellos que dormidos o despiertos sueñan y hacen realidad sus sueños adentrándose en los reinos desconocidos del Espíritu.

¡Oh Gran Espíritu! Enséñame a tejer la verdad, el amor, la armonía y la belleza, la generosidad y la paz. Enséñame los misterios del sueño, aquellos que ni siquiera puedo imaginar y ayúdame a ayudar, a sanar, a crear una realidad tan pura y bella para la tierra y para el hombre como nadie soñó.

¡Bendita seas mujer de la mirada profunda, yo el Espíritu del Sueño te enseñaré!

 

Punto de Edad en cúspide de casa 3

 

-Seño, ¿puedo bajar a la clase de Música a recoger la sudadera que se me ha olvidado?

-Si Daniel, anda date prisa

-Seño, se me ha olvidado el cuaderno porque ayer tuve que ir al hospital porque mi abuelo se puso malo y entonces,…

-Bueno, anda no te preocupes, siéntate y hoy escribes en una hoja y luego lo pasas al cuaderno. A ver chicos, sentaos todos, los de la puerta, venga para adentro, que se pasa el tiempo.

-Seño, seño, Alejandra me ha quitado el estuche y lo ha tirado por la ventana.

-Que, no Seño, que yo no he sido, que ha sido Raúl.

-¡Sí, hombre! –se queja Raúl- ¡Qué cara!

-Que sí, que sí Seño, que ha sido él. Porque ayer Alejandra le pintó el estuche con un rotu.

-Mira, mira, el estuche está aquí en la papelera.

-Pues yo no lo cojo, vaya asco.

-Bueno, ya está bien –dice la profesora- Sentaos de una vez y vamos a empezar la clase que llevo veinte minutos esperando y no hay manera. Además hoy no se sale hasta que recojais todos los papeles del suelo, que está sucísimo. Voy a contar hasta tres y cuando termine quiero veros a todos sentados. Uno, dos y tres.

Se produce un frágil instante de silencio.

-Bueno y ahora abrid el libro por la página 25, vamos a hacer el ejercicio 3.

-¿Qué página Seño?

-¿Pero del libro o del cuaderno de ejercicios, Seño?

-¡Uy! A mí se me ha olvidado el cuaderno.

-A ver Pablo, empieza a corregir.

-¿Qué página?

-Anda, pues me he equivocado y no he hecho el 3 he hecho el 5

-Seño ¿por qué no hacemos relajación?

-Pero vamos a ver, no creo que abrir el libro por la página 25 sea tan difícil –con desesperación. Venga, corregimos rápido y hacemos otra cosa.

-Seño, pero es que es viernes a última hora y estamos muy cansados, vamos a hacer una relajación, anda.

-Eso, Seño, que hace mucho que no la hacemos

-Bueno –con cierta resignación, viendo que es imposible dar clase- Vamos a hacer la relajación, apagad las luces y poneos cómodos.

-Yo bajo las persianas.

-¡Ay, bruto, que me has dado un golpe con la ventana!

-Déjame la sudadera para ponérmela de almohada

-Bueno, venga callaos, que así no hay manera.

 

Por fin se callan. El bendito silencio se apodera de la clase aunque algunos, nerviosos, se mueven y hacen ruiditos con el boli, con un anillo, se mueven en sus asientos, abren y cierran los ojos….

-Ahora imaginad que estáis en un jardín, es un lugar mágico, adonde podéis ir siempre que queráis ¿Cómo es el jardín? Buscad un lugar donde estéis cómodos y quedaos allí. Ahora imaginad….

-Riiiing, riiiing, riiiing

-Seño es la hora

-Las dos y veinte, nos vamos

 

Todos se levantan como locos, vuelan los abrigos, las mochilas, suben las sillas y las ponen encima de las mesas con un gran estruendo.

-Seño, ha sido guay, mola mazo la relajación

-El lunes trae los mandalas, ¿vale?

-¡Qué puntazo Seño, eres la mejor!

-¡Hasta el lunes, Seño!

-¡Hasta el lunes! ¡Estoy agotada!.

 

Viento solar

Miró la gran bóveda de cristal en la que los planetas se desplazaban lentamente a lo largo de unos finos hilos brillantes que simulaban las órbitas. Comprobó de nuevo los cálculos y vio que todo era correcto. El maestro charlaba con el discípulo y le repetía de nuevo la misma pregunta

-¿Estás seguro de que quieres hacerlo? Sabes que no hay ninguna obligación. Una vez allí te sentirás perdido y sólo. Sabes que es una de las experiencias más difíciles.
-Sí, lo sé, pero estoy decidido, creo que esta vez será diferente. Los últimos informes son muy alentadores y estoy seguro de que todo irá bien. Sólo deseo ayudar y sé que puedo hacerlo de nuevo. Además Inara y Ané me ayudarán, se comunicarán conmigo cuando lo necesite, esta vez será más fácil.
-Lo sé, pero aún así…Piénsatelo bien, ya lo has hecho muchas veces, nadie te pide que vuelvas a hacerlo si realmente no lo deseas.
-Gracias Maestro, estoy decidido.

Ella escuchaba esta conversación que tantas veces había tenido lugar en aquella sala. Todos pasaban por allí, el maestro siempre les repetía las mismas preguntas para estar seguro de que realmente querían hacerlo y ellos siempre aceptaban el reto. ¡Eran tan valientes!.

 Ella se encargaba de ajustar sus vidas a los movimientos planetarios. Miraba y remiraba las órbitas. Conocía el funcionamiento de cada planeta y lo que implicaba cada pequeño desplazamiento. Sabía de los cruces de líneas, de los puntos brillantes, del desplazamiento de los canales, de la calidad de la energía que vibraba con cada color. Podía localizar perfectamente la evolución del cuerpo, desde el nacimiento hasta la vejez. Le gustaba especialmente el apartado de relaciones amorosas y de encuentros inesperados ya que siempre era divertido imaginarse las escenas, aunque las reacciones humanas la sorprendían por su intensidad desmesurada. Conocía todos los niveles de actuación y era una experta en el arte de plasmar una vida llena de propósito y de desafíos en aquellas órbitas que formaban unos preciosos dibujos geométricos. Para ella la vida en la Tierra no tenía secretos pues se reducía a un diseño sagrado único e irrepetible para cada Ser. Los cálculos parecían complicados, pero no lo eran. El Sol que gobernaba la galaxia marcaba el ritmo y enviaba en el viento solar la información a la rejilla del planeta Tierra, una vez allí el diseño de vida se activaba y todo cobraba forma.

Algunas noches se quedaba contemplando la negrura estrellada del espacio y de pronto percibía partículas doradas brillantes que navegaban en dirección a la Tierra y se llenaba de asombro y de inquietud porque ella nunca había viajado hasta allí.

Un día recibió una llamada importante del Maestro, le esperó en la sala mientras contemplaba un panel que representaba el movimiento del planeta Mu, en el universo de Dhal. Cuando llegó, el Maestro le dijo que debía ir a la Tierra.

-Pero es que yo nunca he ido allí y realmente me asusta, todo es tan difícil, tan complicado y hay tanto dolor. Creo que no soportaría el sentirme separada. No podré hacerlo.

-Sabes que lo habitual es preguntarle al voluntario si realmente desea hacerlo. Lo preguntamos muchas veces porque sabemos que es realmente difícil y necesitamos que sea algo absolutamente deseado. Pero en tu caso no es así, debes ir, te necesitan.

-Pero ¿qué puedo hacer yo? ¿en qué puedo ser útil si nunca he estado allí y no lo conozco? Seguramente me perderé y lo haré todo mal. Sufriré muchísimo.

-Bueno, eso es muy probable, en cualquier caso recibirás ayuda como todos los demás y estaremos siempre en contacto contigo, ya lo sabes.

-Si, pero una vez allí se te olvida y bueno… estás en otra frecuencia y no reconoces las señales. Pero ¿por qué debo ir?

-Verás alguien tiene que explicarles cómo funcionan sus vidas. El trabajo que tú haces aquí, se llama Astrología allí abajo y les resulta muy útil para recordar quiénes son y reconocer los desafíos, el plan de su alma, la misión que han ido a realizar…Y creemos que ahora están realmente preparados para recibir esta información, les será muy útil y alguien tiene que hacerlo ¿no crees? Hemos seleccionado a muchos de los que hacéis este trabajo aquí para que vayáis a la Tierra y ayudéis. ¿Lo harás?

-Si, lo haré.

Durante años no recordó nada, hasta que la Astrología se hizo presente en su vida y poco a poco la fue conduciendo a través del recuerdo. Aún así no podía traer a la memoria todo su saber y se sentía frustrada cuando no tenía respuesta ante los interrogantes de su vida o los de otras personas que acudían a ella para pedirle consejo. Lo único que realmente recordaba era que había venido para ayudar y eso hacía que su corazón se sintiera realmente feliz cuando podía hacerlo. Entonces recordaba que en algún lugar lejano estaba su verdadero hogar y que un día regresaría a él.

 

El poster del guerrero indio

El museo etnológico era un lugar muy agradable con amplios ventanales y artesonado de madera. Lo más interesante era el legado indio:collares, arcos, flechas, plumas, totems…, era como en las viejas películas de vaqueros. Ella miraba lenta y un poco indiferente todo aquello. En realidad intentaba pasar el día fuera del pequeño apartamento y el museo le pareció un lugar acogedor.

Había llegado hacía pocas semanas a la pequeña ciudad y apenas conocía a nadie. Se sentía bastante perdida y desarraigada intentando encontrar un sentido a su mediocre existencia, no tenía demasiadas esperanzas y sin embargo no se descorazonaba, creía que en algún momento todo cobraría nitidez y su vida cambiaría por completo.

Le sorprendió aquel magnífico poster en una de las salas del museo. Inmediatamente se vio atraída por él y se acercó poco a poco hasta tenerlo frente a ella. Era el retrato de un indio, sin plumas ni abalorios, evidentemente no era un jefe, era un simple guerrero, pero había tal fuerza en su mirada y en su leve sonrisa que se sintió atrapada y de pronto su mente voló hacía no se sabe dónde y el suelo bajo sus pies la hizo flotar en un espacio irreconocible. Como en una película vio una escena que le era inquietamente familiar y en la que ella era a la vez el espectador y el personaje, y así envuelta por la magia se dejó llevar cada vez más adentro. La niebla y la lluvia se pegaban al cuerpo que tiritaba en silencio. En un caballo un hombre y una mujer indios, abrazados. La cabeza de la mujer colgaba inerte sobre el pecho del hombre, un tenue jadeo salía de su boca y él la tomaba por la cintura para evitar que se cayera, mientras le susurraba al oído. El caballo comenzó a subir por unas piedras y se detuvo ante la entrada de una pequeña cueva. El hombre desmontó y bajó a la mujer en sus brazos. Entraron en la cueva y la tendió con cuidado en el suelo; la fiebre le hacía delirar y le pegaba el negro cabello a la cara. Él empezó a entonar una vieja canción para llamar a la muerte y para despejar el camino hacia el otromundo. Encendió un débil fuego donde echó hierbas de intenso olor, le limpió el rostro con un trapo humedecido y despejó el aire de miedos y sombras negras agitando unas plumas de águila sobre el cuerpo de la mujer. Por último la besó con ternura en la frente y luego en los labios. Entonces ella abrió los ojos y le sonrió, le miró fijamente y con el poco aliento que le quedaba le dijo:
- Nunca olvidaré tu mirada, estés donde estés te reconoceré y volveremos a encontrarnos. Te quiero ahora y te querré siempre.

Cuando volvió de este mágico sueño apenas podía respirar. El museo le pareció ahora un lugar tan irreal como la cueva. El tiempo se había vuelto loco y la había llevado hacia delante y hacia atrás sin control, había saltado en el tiempo y había rescatado el amor que un día tuvo de manera prodigiosa. Se sintió feliz por lo que había visto y supo con certeza que algún día se encontraría de nuevo con ese hombre, le miraría a los ojos y le reconocería. La vida le había hecho un precioso regalo y ella estaba segura de saber aprovecharlo.

 

El maestro cantero

El artesano caminaba por la ribera del río. Ya había anochecido y la luna llena iluminaba toda la escena, la orilla, el pequeño lavadero, las cercanas casas de los vecinos… El pueblo de Rochefort-en-Terre brillaba con la mágica luz de la luna y el maestro cantero paseaba meditabundo intentando encontrar la manera de plasmar en el granito la espiral del tiempo. Era tan difícil hacer aquellos giros y quedaban tan marcados, tan definidos, que le atormentaban. ¿Cómo expresar en la fría roca la rueda infinita del tiempo, la ausencia del origen, el fin impredecible? ¡Qué dificultad tan grande!

Entonces vió en una pequeña piedra una oca blanca, resplandeciente en la noche. La oca estiraba su largo cuello hacia el cielo como si quisiera entonar un canto triste a la luna. Dos luminosas luciérnagas revoloteaban alrededor de su cabeza ensortijando destellos de luz.

La estampa era tan bella que el hombre se perdió en ella como en una ilusión. Al mirar hacia el cielo, en la cara redonda de la luna, ua espiral de polvo estrellado danzaba un baile mágico, las partículas giraban y giraban como en un remolino inmenso de luz y armonía.

Sorprendido, permaneció inmóvil sin atreverse a parpadear, no fuera a deshacerse el hechizo y se sintió profundamente agradecido por la visión que los cielos le ofrecían.

Al día siguiente trabajó sin descanso, parecía que las manos conocieran los secretos de la piedra y pudieran moldearla a su antojo como si fuera arcilla. En la entrada del templo colocó la mágica espiral en una dovela que unía los dos brazos de la arcada mayor y se decìa que cuantos pasaban bajo ella entraban en un lugar fuera del tiempo y del espacio, donde el alma se sentía dichosa de hallarse.

 

El ovillo

Cuando se conocieron apenas se miraron, pero presintieron que la imagen del otro se les imponía desde dentro, como quien desempolva una vieja fotografía de un rostro querido.
Sin saber cómo el destino los fui uniendo y acabaron juntos, sentados en aquella mesita de mármol de un coqueto café. A media tarde, con el tintineo de las cucharillas en las tazas y el vapor dulzón del azúcar y la leche se fueron reconociendo con ternura. Su amor era tímido y un poco vacilante, no tenían demasiada prisa y sin embargo sabían que nunca lo dejarían, que sería para siempre.

Un día ella llevó un diminuto ovillo de lana roja. Lo sacó de su bolsillo y se lo enseñó a él.
-Mira –le dijo- Este ovillo es mi amor. Es pequeño porque aún no te conozco bien, pero sé que me gusta estar contigo. Es de color rojo porque mi amor está comenzando a despertar y está lleno de ilusión y de deseo. Me gustaría que este ovillo fuera creciendo con diferentes retazos de lana. Los colores me dirán cómo nos sentimos y su tamaño irá creciendo o menguando a medida que lo haga nuestro amor.

Y así lo hicieron. Cada vez que él la iba a buscar y ella le recibía con un beso, anudaban un trocito de lana rosa. Cuando fantaseaban juntos y hacían planes para el futuro, alargaban la madeja con lana de color verde; cuanto más verde más ilusión, más esperanza. Cuando se enfadaban porque ella llegaba tarde o porque él protestaba sin venir a cuento, entonces elegían el color gris, y si el gris pasaba a negro es que se habían hecho daño de verdad en lo más profundo de sus corazones.

A veces cuando alguno de los dos decía que ya no podía más, que el otro era insoportable o que su relación no podía continuar, cortaban un buen trozo de lana y el ovillo menguaba. Pero cuando se daban cuenta de cuán grande seguía siendo el ovillo, se miraban a los ojos y recordaban cuánto se querían.

Y así fueron pasando los años y el ovillo crecía y menguaba con ellos, pero aquella pequeña bolita de lana roja del principio siempre estuvo a salvo y unió sus corazones para siempre.

 

Las dulces uvas

Las uvas brillaban bajo el sol de otoño, lujuriosas, rellenas de zumo ámbar, tan apetitosas que era imposible resistirse a la tentación. Los racimos abarrotados de granos parecía que reventaban bajo las anchas hojas de parra y los zarcillos se ensortijaban retorciéndose y alargándose por todo el emparrado.
El sol de la tarde entraba tamizado a través de las hojas creando un espacio cálido y mágico lleno contrastes y finas sombras.

Por un momento, mientras contemplaba las uvas, penso en cómo le regañaría Kamal, cogería la bara y le daría unos cuantos azotes para que se moviera y dejara de comer sus preciosas uvas. Pero luego pensó en Alina, en cómo se reiría cuando viera a Kamal enojado y a él allí parado llenándose la boca con la dulce fruta. Entonces no lo dudó, alargó la trompa y un hermoso racimo entró en su boca y lo llenó de zumo, de sol, de luz. Movió las grandes orejas para espantar a las insistentes moscas y siguió comiendo tranquilamente hasta que llegó Kamal y a empujones y golpes de bara lo retiró de la parra.

Para su sorpresa Alina no apareció corriendo para acariciarle la cabeza y susurrarle amables palabras al oído. Al contrario, cuando se alejó de las uvas, Kamal se acercó a su lomo y lo acarició llorando. Alina, dónde estaba su querida Alina –susurraba Kamal- su querida niña, su alegría. Se había ido de madrugada en un barco y nunca más volvería a verla. Alina, como Rami, el elefante, había probado el dulzor del amor y había huído, golosa, dispuesta a apurarlo hasta la última gota.
Entonces tambien a Rami se le escapó una pequeña lágrima, porque ya nunca más volvería a verla.

 

La abuela india

La Vieja india de pelo blanco peinaba las negras trenzas de su nieta mientras la niña jugaba con su muñeca de trapo.

-Tu camino es el camino del corazón – le decía a la niña

-¿Y eso qué quiere decir abuela?

-Pues que tendrás que probar todos los sabores, dulces y amargos del amor, hasta que los conozcas todos. A veces el amor es dulce y su sabor permanece por mucho tiempo en la boca, otras veces se vuelve amargo, y otras es como un veneno, te atrae su color de un rojo fascinante, pero cuando lo pruebas te parte el corazón, o si no se para de golpe y entonces algo en ti se muere para que vuelva a renacer de un modo diferente ,más fuerte y generoso . Es duro, pero necesario pues esta es la única manera de aprender el camino del corazón. Es un camino largo que lleva muchas vidas recorrer

¿Y qué pasa cuando el corazón renace, abuela?

-Cuando el corazón renace uno se siente alegre y se da cuenta de que el amor está dentro de una misma y que no tiene que ir a buscarlo fuera. Entonces puede amar al viento, al agua, a las estrellas, a la Tierra toda y a cada una de las personas que caminan por ella y esto es mágico, te cura para siempre.

-Entonces es mágico … ¿tú haces magia abuela, eres una maga?

-Si, ja, ja, ja y tú también lo serás. Si soy maga, india bruja, chamana, y conozco el milagro del amor. Aunque me ves tan vieja y arrugada amé mucho y fui muy feliz al recibir amor. Toda mujer que tiene su poder sabe lo que es el amor, el amor de verdad. La gente piensa que hacemos magia porque conocemos grandes secretos, hierbas que te curan o te matan, palabras para conjuros y rituales que nadie conoce, pero se engañan; lo único importante es el amor. Cuando te sabes una con el mundo y has sentido que los latidos de tu corazón son los latidos de la Tierra y de cada una de las personas que en ella habitan, cuando te has dado cuenta de que detrás de cada situación que vives, por dura que sea, lo que hay es amor; entonces te conciertes en una bruja, en una mujer sabia, en una sacerdotisa, porque la energía del amor te permite hacer magia, eres una con la magia de la vida y ya nada es imposible para ti. Pero para entonces ya sabes que sólo puedes desear aquello que está en tu camino y no te dejas llevar por deseos egoístas o inconscientes que sólo te traen más dolor. Así que te conviertes en un faro que da amor y recibe amor constantemente.

-¿Y yo también seré bruja como tú, abuela?

-Espero que sí, si realmente lo deseas, cualquier mujer puede andar este camino y convertirse así en una hechicera de la vida, el camino es largo y difícil, pero es el único que merece la pena recorrerse.

La abuela terminó de peinar las trenzas de su nieta y ésta le dio un beso y se fue corriendo a jugar con los demás niños de la tribu, mientras la abuela sonreía feliz, agradecida del tiempo que había estado charlando con la niña y del tibio sol del invierno que le calentaba la espalda.